domingo, 30 de octubre de 2011

Reflexiones de una tarde de Octubre.

¿Porqué? 
En ningún momento pedí sufrir por nadie, y sin embrago, aquí estoy otra vez. Vez tras vez, tropiezo con la misma piedra y cada vez me cuesta más levantarme. Cada vez que me levanto, creo atisbar algo de luz sobre mi camino. Pero esa luz se apaga, y yo vuelvo a sumirme en mi abismo. 
Las cosas aparecen cuando estés preparadas para ello, suelo decirme. 
¿Porqué has aparecido, entonces? ¿Sigo sin estar preparada? 
Ya predije lo que nos pasaría. Se está cumpliendo. En el fondo, quería equivocarme.
Quería desesperadamente que no fuera verdad, que nada cambiara. Pero otra vez me doy con un canto en los dientes. 
¿Qué hago? ¿Te doy por perdido? Si es que alguna vez estuviste ahí...
No, nunca lo has estado. Quería que fuese así, pero no. Otra vez, no.
Están muy claras tus prioridades, siempre lo han estado. Pero yo quise hacerme ilusiones, y pensar cosas que no eran. 
Es la manera en la que me siento cuando hablo contigo, esa sensación burbujeante que me provocas, que me cuesta pensar que todo haya sido cosa de mi mente. Queremos cosas distintas. Tú ni si quiera quieres algo. 
Pero aun así, gracias por hacerme experimentar cosas que antes no había sentido. Gracias por un verano inolvidable. Gracias por ser omnipresente, y estar sin estar. 
Gracias por todo eso, y porque irrevocablemente, estoy enamorada de ti hasta lo más profundo de mi ser. Lo único que puedo permitirme pedirte, es que por favor, no me olvides. De la misma manera que me has dejado huella, deja que la mía en tu vida persista por mucho tiempo. Quién sabe, igual dentro de muchos años te acuerdas de la enana con la que un día cruzaste una palabra. Y entonces, tengas nostalgia y sonrías como sonreías ahora. 
A pesar de no haber compartido muchas cosas contigo, hay algo que sí quiero compartir:
Te quiero.

sábado, 8 de octubre de 2011

Distancia

Te echo tanto de menos...
Tú ni siquiera te percatas de lo importante que has llegado a ser en mi vida, así, sin quererlo. 
Ha pasado un mes desde que te fuiste, y pensé que todo seguiría igual. Que empezaras a hablarme como hacías a diario. Que me dijeras lo mucho que te gustaba, y me soltaras algún cumplido de vez en cuando. Que nos riéramos de cualquier chorrada que pudiera decirte. Que me enviaras canciones, o vídeos de Loulogio con los que nos partimos la caja. Que me llames "chiquitaja", "chiqui", "tonti" y demás. Incluso que me corrijas cuando suelto una burrada, porque al fin y al cabo, ocho años de diferencia son un abismo. 
De eso me doy cuenta ahora. 
Y pensarás que esto que estoy escribiendo es una soberana gilipollez, que lo es, pero necesito desahogarme. 
¿Te acuerdas de nuestras conversaciones por Skype? Solían terminar con una videollamada (porque te insistía mucho) las releo cada vez que puedo. Sigo sonriendo a pesar de saberme algunas cosas de memoria. Vuelvo a evocar cada instante, a verme a mí sentada frente a la pantalla del portátil, mordisqueando un boli y quejándome de lo mal que se veía tu cam. 
Y a verte a ti, con esa sonrisa que es capaz de hacer que mi corazón de brincos. Incluso cuando te pones a hacer el chorra poniendo caras o imitando voces. 
Cada vez que me pongo a recordar alguna de esas tardes, se me oprime el pecho. Ya no volverá a ser así. Las únicas veces que he intentado hablar contigo no ha pasado de un saludo y un "¿cómo va todo?" puramente cortés. Es como si al dejar atrás España, hubieses olvidado lo que puedas tener allí. No, miento, sólo me has olvidado a mí. Supongo que es algo que ya tenía asumido, creo que fui sólo un capricho. No hace falta que de muchos detalles de esas conversaciones subiditas de tono que teníamos. Desde el principio, ibas a lo que ibas. No te culpo, ni te lo reprocho. 
A fin de cuentas, ¿qué otra cosa iba a querer un chaval de veintidós años de una chica de quince?
Nunca hemos hablado de lo que somos el uno para el otro. ¿Un rollo? ¿Amigos? Hace tiempo que quiero preguntártelo, pero siempre me echa para atrás la idea de que pueda agobiarte con mis cosas. O el hecho de que me rechaces...
Cuando te encontré en Facebook, ni siquiera te estaba buscando. Me saliste cuando busqué contactos en el móvil. Y pasó una semana casi mientras me decidía a agregarte o no. Pero decidí hacerlo. 
Se te ve genial por allí, haciendo amigos, yendo por ahí de parranda (cuando vas), conociendo la cuidad... Y mientras, yo como una idiota mirando el Facebook cada cinco minutos esperando ver alguna novedad tuya. 
La relación rara que tenemos, va a ir enfriándose con el tiempo. Voy a estar muy ajetreada con el curso; preparando exámenes, haciendo deberes, estudiando, saliendo... Y tú simplemente estando allí, con todo lo que hay que ver por esos lares, no tendrás tiempo para algo tan insignificante como lo pueda ser yo. Eventualmente te irás olvidando cada vez más de mi, yo no podré decir lo mismo. No te irás para siempre, pero todo será diferente cuando vuelvas. Esas ganas que tenías de verme habrán desaparecido, y yo seré el recuerdo de lo que sucedió un verano como cualquier otro. Siempre tienes algo que hacer cuando intento hablarte. Me siento ridícula, no dejo de pensar en qué estoy haciendo conmigo. 
No intento que me prestes toda la atención del mundo, ni reprocharte que no me hagas tanto caso como antes. Porque no somos nada para que pueda tener ese derecho, ¿No? 
Pero quiero que sepas que sigo aquí, y seguiré aquí cundo vuelvas si todavía quieres algo de mi. Las cosas cambian, pero no tenemos porqué cambiar con ellas. 
De tu chiquitina, ¿quién sino?  

jueves, 26 de mayo de 2011

El Perfume.

Hace poco que he empezado a leer un libro, "El Perfume" de Patrick Süskind. Es la historia de un pefumista con una extraña obcecación por los perfumes mundanos que llega a límites extremos para guardarlos en su memoria. No lo he acabado aún, pero es un libro que recomiendo para aquellos a quienes gusten las historias de terror y suspense. Lo que más me ha impactado de el libro en cuestión es su introducción. Hablamos de París del siglo XVIII, vísperas de la Revolución. Aquí os pongo el fragmento. Es la introducción más fuerte de un libro que he leído hasta ahora:
"En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, lo huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre; las curtidurías, a lejías cáusticas; los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial y el artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera, y sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de ningún hedor."

sábado, 21 de mayo de 2011

Relato

Este es un relato que escribí para un concurso de mi colegio. 

Era una noche fría, pero apacible. En la aldea no había un alma en las calles, todo era absoluto silencio. Un perro aulló en la lejanía a la luna, que se mostraba llena, plateada y fría, vigilando la tierra. Los árboles del monte acompañaban al aullido con el susurro de sus hojas al pasar la leve brisa entre ellas. La poca gente que quedaba en la posada se iba levantando poco a poco, y retornaban a sus hogares. El último en irse de la posada era el viejo Elmer, que era famoso por darse en exceso a la bebida. Se despidió de mí con un saludo acompañado de algo así como “buenas noches”, pero no podía distinguirse bien. Abrió la puerta y se fue calle arriba dando tumbos, tarareando una canción antigua. Me reí por lo bajo. Qué hombre tan peculiar…
Estaba colocando unos platos cuando escuché que alguien llamaba a mi puerta. Me extrañé, porque hacía rato que había cerrado la posada, pero mi curiosidad me pudo y me encaminé a ella, no sin antes preguntar por una identidad. Por toda respuesta, obtuve silencio, y decidí abrir. De pie en el umbral estaba un hombre. Era de mediana estatura, e iba encapuchado. Le dije que entrara, y se sentó en la primera silla que vio.  Le pregunté si quería algo de beber o comer, pero negó cortésmente. Me aventuré a preguntarle su procedencia.
-No sois de por aquí, ¿cierto? –Levantó la cabeza y dejó de juguetear con la vela de la mesa. Inspiró hondo, y contestó con voz grave.
-No. He viajado durante muchos días hasta llegar aquí. Tuve que huir de mi pueblo. –Parecía que no iba a contarme nada más, pero entonces dio una calada a la pipa que se había encendido y continuó hablando.
-¿Tenéis tiempo de oír una pequeña historia? Prometo irme después. –Me sorprendió mucho su propuesta, pero aun así me senté a su lado y escuché atentamente. –Bien entonces. Comencemos.
“-La historia se desarrolla diez años atrás, con el hallazgo increíble que tres hermanos descubrieron mientras caminaban por el bosque. El hermano mediano vio un cervatillo bebiendo de una charca cercana, y enseguida sacó su arco para matar al animal, y comérselo para la cena. Entonces el cervatillo miró en su dirección, clavando sus ojos negros en los del hermano mediano. Éste, aunque muy impresionado, no dejó de apuntar al animal. Entonces el hermano menor se interpuso entre él y el cervatillo e imploró que no le matara. El hermano mediano, sabiendo de la debilidad de su hermano menor por la fauna, bajó el arco. El cervatillo se acercó y así habló:
-Por haberme perdonado la vida, os concederé un deseo a cada uno. –El cervatillo se puso a dos patas, y se cruzó de brazos, esperando. El hermano mayor, muy codicioso, muy impresionado y con cierto miedo, habló primero. Pidió al ciervo que cuando volviese a su casa, hallara cada cuarto, cada rincón lleno de riquezas, y que así se convierta en el hombre más rico del mundo. El ciervo chocó sus pezuñas y concedió el deseo. El hermano mediano, muy bravo, de escasa inteligencia y en busca siempre de la gloria y el reconocimiento, pidió ser el hombre que mejor combata en las batallas, y ser invencible. De nuevo, el ciervo chocó sus pezuñas y así se realizó. El hermano menor, sabio a pesar de su edad pidió simplemente ser feliz con pequeñas cosas. El ciervo no estaba acostumbrado a conceder tales deseos, pero así lo hizo. Volvieron cada uno a su casa. El hermano mayor, nada más llegar, se encontró su casa atestada de objetos valiosos, tal como había deseado. Corrió hacia ellos, apartando a su esposa de un empujón y se abalanzó sobre el montón de monedas y joyas, llorando de felicidad.
El hermano mediano, soldado del ejército del rey fue a una batalla el día siguiente y siendo el más diestro y el más bravo, derrotó a la mitad del ejército contrario, justo como había pedido. En poco tiempo, ascendió de soldado a capitán.
El hermano menor, sin embargo, disfrutaba de la compañía de sus animales, de su familia, y se sentía muy afortunado de tenerlos a su lado. Cada día, se levantaba temprano y veía crecer las plantas que cultivaba, y cuando salieron los primeros brotes en primavera, sintió una inmensa alegría. Uno de esos días, parió una vaca y él mismo se encargó de enseñar al pequeño ternero a andar y a no alejarse mucho de su madre. Así, día a día, cuidaba sus cosas, las mimaba y las trataba con cariño. Hacía favores sin esperar nada a cambio, y la gente del pueblo le apreciaba mucho.
Tanto el hermano mayor como el mediano no comprendían por qué había pedido ese absurdo deseo, porque tanto uno como otro pensaban que el dinero y la gloria eran mucho más importantes y se mofaban de él. El hermano menor, sin embargo, sentía lástima por ellos, por tener una mente tan cerrada, y por pena y amor, no se defendía. Salía del lugar y se ponía a hacer otra cosa, con las risas de sus hermanos a su espalda.
Al poco tiempo, el hermano mediano era ya famoso por ser prácticamente invencible. Alardeaba de su fuerza y su don para combatir, y se burlaba de los demás dejándoles en ridículo. Eso despertó entre los demás soldados del ejército envidia y rabia. Tanta era, que cinco de ellos se pusieron de acuerdo y le asesinaron por la noche mientras dormía, cuando su deseo no le protegía.
En el pueblo, la gente pronto se enteró de la riqueza del hermano mayor, y todos los días iban allí unos pocos, los más pobres, para pedirle un préstamo, ya que pasaban penurias casi a diario. El hermano mayor, dejándose llevar por la codicia, hizo caso omiso. Pronto, se quedó sin un solo amigo, y todo el mundo le miraba con recelo. Fue descuidando cada vez más a su familia, apenas hablaba con sus hijos, apenas intercambiaba una mirada con su esposa, para él era la riqueza su mundo.  Hasta que un día, llegó a su casa en la noche y se dio cuenta que su esposa y sus hijos le habían abandonado, dejándole con todas las riquezas del mundo, pero solo y vacío. Miró desesperado en los armarios de la ropa para ver si aún quedaba algo suyo para que pudiesen volver, pero una jarra de vino dorada cayó sobre su cabeza, y llorando de impotencia, pensó que todo aquello era muy irónico. Se dio cuenta que ni con todo el dinero del mundo, podía volver a tener a sus amigos, o a su esposa e hijos. Y se maldijo por haberles reemplazado por un montón de chatarra que ahora no significaba nada para él.
Pensó en pedir ayuda a su hermano menor, pero enseguida rechazó esa idea, porque después de cómo le había tratado le daba vergüenza.  Así que decidió huir. Huyó en busca de su familia, dejando las puertas de su casa abiertas para que quien quisiese entrara a coger algo. Huyó para empezar de nuevo. Por el bosque, se encontró de nuevo al ciervo. Le pidió por favor que dejase de ser desgraciado, y recuperar a sus amigos. Pero el ciervo le dijo que no podía hacer nada ya. “Ten cuidado con lo que deseas” le dijo.  El hermano mayor, deshecho, quiso morirse, pero recordando a su difunto hermano y al que aún vivía, y su propósito de encontrar a su familia, sacó fuerzas de flaqueza para encontrarles y de alguna manera reparar el daño que había causado”.
Yo había estado pendiente de la historia todo lo que duró, y boquiabierto, pregunte:
-No entiendo… ¿Por qué me habéis contado a mí esto? ¿Cómo acaba la historia? –El misterioso hombre se quitó la capucha, volvió a darle una calada a la pipa, y me miró a los ojos.
-Os lo he contado porque yo soy el hermano mayor del cuento, y quiero que mi historia sirva a las generaciones venideras para que se den cuenta de qué es realmente lo importante en esta vida. Como ya os dije, partí hace mucho en busca de mi familia. No sé dónde encontrarles, pero no pierdo la fe. Cada pueblo o aldea por el que paso, cuento mi historia con la esperanza de que sea divulgada. En cada posada cuento la historia. No le deseo a nadie este sentimiento de tristeza y culpabilidad que me corroe día a día –Y con esto, se levantó solemne y se dirigió a la puerta. Me miró una vez más y me dio las gracias por haberle escuchado. Yo no salía de mi asombro.
Al día siguiente, cuando la posada se llenó, conté la historia a los clientes, y hasta el borracho de Elmer escuchó atento. Unos pocos días después, los niños de la aldea la recitaban de memoria, y me sentí orgulloso por haber ayudado de alguna manera. Nunca olvidaré a aquel hombre, y aquella lección tan importante que me dio esa noche. 

martes, 26 de abril de 2011

Princesa de hielo.

Estuvimos las dos dando vueltas por aquella tienda media hora hasta que llegasen ellos. Estabas nerviosa. Jugueteabas con la cremallera de tu sudadera y mirabas todo el rato fuera para ver si les veías llegar. En los ojos tenías un brillo especial, de esos que solo tienes cuando esperas algo, en este caso a alguien, muy importante para tí. 
Y al fin, aparecieron. Apenas reconocí a ninguno, sólo al que había sido mi amigo durante tántos años, que ahora era el tuyo. Claro, luego estaba él. Ese chico espigado y de pelo enmarañado del que tanto me habías hablado. Te saludaron todos y tú sonreíste y le devolviste el saludo. Mi amigo estuvo hablando conmigo un ratito, y tú hablabas en general con los otros tres. Ese día te habías puesto un falda, que era muy raro y ellos se sorprendieron. Salimos de la tienda y nos fuimos rumbo a ningún sitio en particular. Yo iba a tu lado, y me quedé boquiabierta cuando él te cogió del brazo mientras bromeaba con los otros. Sin querer, miraste al suelo y comprendí que aquello te dolía. Se soltó después, y yo aproveché para preguntarte por ese gesto. "Lo hace siempre" dijiste "pero no es nada. No hay nada detrás." 
Volvió él a cogerte del brazo y sonrió. Tú sonreíste de vuelta. Aunque auello fuese una mentira y te doliese pensar que no era real, te gustaba tenerle cerca. Te gustaba que se acercase a tí y bromeara contigo. Tanto te gustaba que no podías separarte. Y eso es lo que más daño te hacía. El resto de la tarde transcurrió de la misma forma. Volví a preguntarte si 
estabas segura de que no había nada, y tu respondiste que estabas segura, y yo te dije que no era normal actuar así. Por un momento, creí ver una sonrisa, pero volviste a estar seria. Cuando se acabó la tarde, y volvimos al coche, te observé en silencio. Mirabas por la ventana, pensativa. Volvías a juguetear con la cremallera de la sudadera. Una lágrima se asomó y cayó por tu mejilla. Ahí estabas, llorándo en silencio, aguantando el tipo para no venirte abajo, como una princesa de hielo que no quiere derretirse con el calor de una lágrima.

El sendero.

-No te salgas del sendero.
-¿Por qué?
-No hagas preguntas. Ven.
KV llevó al chico hasta donde se erguían los enormes árboles del fondo, esos a los que no se le había permitido acercarse. Hasta ese momento. KV agarró a Liam de la mano, y con respiración pesada continuaron la marcha a través de los árboles.
-KV, ¿Dónde me llevas? Llevamos toda la mañana caminando, y todavía no sé dónde vamos. Ni por qué. Y no sé por qué no me puedo salir del sendero, es solo un sendero y...
-¡Te he dicho que no hagas preguntas, Liam! - KV se puso a la altura de él, y le miró con sus enormes ojos. -Limítate a hacerme caso. Es más, ahora no deberíamos estar hablando.
-¿Por qué?
-¡Chssst! ¡Calla!
-KV... ¿A quién tienes miedo? -KV resopló, y llevó al niño a sentarse en un tocón podrido. Ella se sentó, como de costumbre, en el suelo. Eso sí, sin apartarse del sendero.
-De los Merodeadores, Liam. Ellos son de quienes tengo miedo, y tú por tu bien también. ¿No te has fijado en que el sendero está siempre iluminado? - Liam asintió. Desde el mismo día que llegó allí, en lo primero en lo que se fijó fue en el misterioso sendero, del color de ese mismo tocón podrido pero en el que siempre estaba reflejado el sol. -Pues bien. Los Merodeadores son criaturas nocturnas, de enormes dientes y garras afiladas, y los ojos blancos. Tienen miedo de la luz, y mientras permanezcas en el sendero, estás a salvo. Ni si quiera en el pueblo estamos seguros. Todos esos cadáveres, de gente de allí, fueron los Merodeadores. - Liam recordó sin querer los cuerpos brutalmente mutilados de Likoy, Sandraskan, Yopian... Todos ellos eran sus amigos, pero el motivo del asesinato se le había mantenido oculto. Recordó sus cuerpos sangrientos, su mirada asustada, pero congelada por el frío de la muerte... Una lágrima resbaló sin querer por su mejilla, y KV se la limpió con la zarpa.
-Por eso estamos huyendo... ¿verdad?
-No, no estamos huyendo. Te estoy salvando, Liam. En el pueblo, todos creen que eres... "especial". Queremos salvarte por que creemos que tienes un don. -Liam se quedó perplejo.
-¿Qué... qué don, KV? Creéis que soy especial por que no soy como vosotros. Soy humano, o algo así. Vosotros sois una especie de monstruo bueno, que vivís en esta isla tan rara con un sendero luminoso y otros monstruos malos que quieren mataros. Dime que yo soy el especial. -KV rió. Su risa era una mezcla entre un claxon de coche antiguo y el sonido que hace una ballena para comunicarse. Cada vez que ella reía, Liam sentía ganas de reír también. Era el don de KV, hacer sentir bien a la gente. Todos los morgler, habitantes de la isla, tienen un don. -Y... si todos tenéis un don... ¿qué importo yo? Sólo seré uno más...