jueves, 26 de mayo de 2011

El Perfume.

Hace poco que he empezado a leer un libro, "El Perfume" de Patrick Süskind. Es la historia de un pefumista con una extraña obcecación por los perfumes mundanos que llega a límites extremos para guardarlos en su memoria. No lo he acabado aún, pero es un libro que recomiendo para aquellos a quienes gusten las historias de terror y suspense. Lo que más me ha impactado de el libro en cuestión es su introducción. Hablamos de París del siglo XVIII, vísperas de la Revolución. Aquí os pongo el fragmento. Es la introducción más fuerte de un libro que he leído hasta ahora:
"En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, lo huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre; las curtidurías, a lejías cáusticas; los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial y el artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera, y sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de ningún hedor."

sábado, 21 de mayo de 2011

Relato

Este es un relato que escribí para un concurso de mi colegio. 

Era una noche fría, pero apacible. En la aldea no había un alma en las calles, todo era absoluto silencio. Un perro aulló en la lejanía a la luna, que se mostraba llena, plateada y fría, vigilando la tierra. Los árboles del monte acompañaban al aullido con el susurro de sus hojas al pasar la leve brisa entre ellas. La poca gente que quedaba en la posada se iba levantando poco a poco, y retornaban a sus hogares. El último en irse de la posada era el viejo Elmer, que era famoso por darse en exceso a la bebida. Se despidió de mí con un saludo acompañado de algo así como “buenas noches”, pero no podía distinguirse bien. Abrió la puerta y se fue calle arriba dando tumbos, tarareando una canción antigua. Me reí por lo bajo. Qué hombre tan peculiar…
Estaba colocando unos platos cuando escuché que alguien llamaba a mi puerta. Me extrañé, porque hacía rato que había cerrado la posada, pero mi curiosidad me pudo y me encaminé a ella, no sin antes preguntar por una identidad. Por toda respuesta, obtuve silencio, y decidí abrir. De pie en el umbral estaba un hombre. Era de mediana estatura, e iba encapuchado. Le dije que entrara, y se sentó en la primera silla que vio.  Le pregunté si quería algo de beber o comer, pero negó cortésmente. Me aventuré a preguntarle su procedencia.
-No sois de por aquí, ¿cierto? –Levantó la cabeza y dejó de juguetear con la vela de la mesa. Inspiró hondo, y contestó con voz grave.
-No. He viajado durante muchos días hasta llegar aquí. Tuve que huir de mi pueblo. –Parecía que no iba a contarme nada más, pero entonces dio una calada a la pipa que se había encendido y continuó hablando.
-¿Tenéis tiempo de oír una pequeña historia? Prometo irme después. –Me sorprendió mucho su propuesta, pero aun así me senté a su lado y escuché atentamente. –Bien entonces. Comencemos.
“-La historia se desarrolla diez años atrás, con el hallazgo increíble que tres hermanos descubrieron mientras caminaban por el bosque. El hermano mediano vio un cervatillo bebiendo de una charca cercana, y enseguida sacó su arco para matar al animal, y comérselo para la cena. Entonces el cervatillo miró en su dirección, clavando sus ojos negros en los del hermano mediano. Éste, aunque muy impresionado, no dejó de apuntar al animal. Entonces el hermano menor se interpuso entre él y el cervatillo e imploró que no le matara. El hermano mediano, sabiendo de la debilidad de su hermano menor por la fauna, bajó el arco. El cervatillo se acercó y así habló:
-Por haberme perdonado la vida, os concederé un deseo a cada uno. –El cervatillo se puso a dos patas, y se cruzó de brazos, esperando. El hermano mayor, muy codicioso, muy impresionado y con cierto miedo, habló primero. Pidió al ciervo que cuando volviese a su casa, hallara cada cuarto, cada rincón lleno de riquezas, y que así se convierta en el hombre más rico del mundo. El ciervo chocó sus pezuñas y concedió el deseo. El hermano mediano, muy bravo, de escasa inteligencia y en busca siempre de la gloria y el reconocimiento, pidió ser el hombre que mejor combata en las batallas, y ser invencible. De nuevo, el ciervo chocó sus pezuñas y así se realizó. El hermano menor, sabio a pesar de su edad pidió simplemente ser feliz con pequeñas cosas. El ciervo no estaba acostumbrado a conceder tales deseos, pero así lo hizo. Volvieron cada uno a su casa. El hermano mayor, nada más llegar, se encontró su casa atestada de objetos valiosos, tal como había deseado. Corrió hacia ellos, apartando a su esposa de un empujón y se abalanzó sobre el montón de monedas y joyas, llorando de felicidad.
El hermano mediano, soldado del ejército del rey fue a una batalla el día siguiente y siendo el más diestro y el más bravo, derrotó a la mitad del ejército contrario, justo como había pedido. En poco tiempo, ascendió de soldado a capitán.
El hermano menor, sin embargo, disfrutaba de la compañía de sus animales, de su familia, y se sentía muy afortunado de tenerlos a su lado. Cada día, se levantaba temprano y veía crecer las plantas que cultivaba, y cuando salieron los primeros brotes en primavera, sintió una inmensa alegría. Uno de esos días, parió una vaca y él mismo se encargó de enseñar al pequeño ternero a andar y a no alejarse mucho de su madre. Así, día a día, cuidaba sus cosas, las mimaba y las trataba con cariño. Hacía favores sin esperar nada a cambio, y la gente del pueblo le apreciaba mucho.
Tanto el hermano mayor como el mediano no comprendían por qué había pedido ese absurdo deseo, porque tanto uno como otro pensaban que el dinero y la gloria eran mucho más importantes y se mofaban de él. El hermano menor, sin embargo, sentía lástima por ellos, por tener una mente tan cerrada, y por pena y amor, no se defendía. Salía del lugar y se ponía a hacer otra cosa, con las risas de sus hermanos a su espalda.
Al poco tiempo, el hermano mediano era ya famoso por ser prácticamente invencible. Alardeaba de su fuerza y su don para combatir, y se burlaba de los demás dejándoles en ridículo. Eso despertó entre los demás soldados del ejército envidia y rabia. Tanta era, que cinco de ellos se pusieron de acuerdo y le asesinaron por la noche mientras dormía, cuando su deseo no le protegía.
En el pueblo, la gente pronto se enteró de la riqueza del hermano mayor, y todos los días iban allí unos pocos, los más pobres, para pedirle un préstamo, ya que pasaban penurias casi a diario. El hermano mayor, dejándose llevar por la codicia, hizo caso omiso. Pronto, se quedó sin un solo amigo, y todo el mundo le miraba con recelo. Fue descuidando cada vez más a su familia, apenas hablaba con sus hijos, apenas intercambiaba una mirada con su esposa, para él era la riqueza su mundo.  Hasta que un día, llegó a su casa en la noche y se dio cuenta que su esposa y sus hijos le habían abandonado, dejándole con todas las riquezas del mundo, pero solo y vacío. Miró desesperado en los armarios de la ropa para ver si aún quedaba algo suyo para que pudiesen volver, pero una jarra de vino dorada cayó sobre su cabeza, y llorando de impotencia, pensó que todo aquello era muy irónico. Se dio cuenta que ni con todo el dinero del mundo, podía volver a tener a sus amigos, o a su esposa e hijos. Y se maldijo por haberles reemplazado por un montón de chatarra que ahora no significaba nada para él.
Pensó en pedir ayuda a su hermano menor, pero enseguida rechazó esa idea, porque después de cómo le había tratado le daba vergüenza.  Así que decidió huir. Huyó en busca de su familia, dejando las puertas de su casa abiertas para que quien quisiese entrara a coger algo. Huyó para empezar de nuevo. Por el bosque, se encontró de nuevo al ciervo. Le pidió por favor que dejase de ser desgraciado, y recuperar a sus amigos. Pero el ciervo le dijo que no podía hacer nada ya. “Ten cuidado con lo que deseas” le dijo.  El hermano mayor, deshecho, quiso morirse, pero recordando a su difunto hermano y al que aún vivía, y su propósito de encontrar a su familia, sacó fuerzas de flaqueza para encontrarles y de alguna manera reparar el daño que había causado”.
Yo había estado pendiente de la historia todo lo que duró, y boquiabierto, pregunte:
-No entiendo… ¿Por qué me habéis contado a mí esto? ¿Cómo acaba la historia? –El misterioso hombre se quitó la capucha, volvió a darle una calada a la pipa, y me miró a los ojos.
-Os lo he contado porque yo soy el hermano mayor del cuento, y quiero que mi historia sirva a las generaciones venideras para que se den cuenta de qué es realmente lo importante en esta vida. Como ya os dije, partí hace mucho en busca de mi familia. No sé dónde encontrarles, pero no pierdo la fe. Cada pueblo o aldea por el que paso, cuento mi historia con la esperanza de que sea divulgada. En cada posada cuento la historia. No le deseo a nadie este sentimiento de tristeza y culpabilidad que me corroe día a día –Y con esto, se levantó solemne y se dirigió a la puerta. Me miró una vez más y me dio las gracias por haberle escuchado. Yo no salía de mi asombro.
Al día siguiente, cuando la posada se llenó, conté la historia a los clientes, y hasta el borracho de Elmer escuchó atento. Unos pocos días después, los niños de la aldea la recitaban de memoria, y me sentí orgulloso por haber ayudado de alguna manera. Nunca olvidaré a aquel hombre, y aquella lección tan importante que me dio esa noche.